 | por José M. Miguez | Guías de pesca Todos sabemos que la actividad que nos apasiona presenta un complejo entramado producto de la multiplicidad de factores y actores que la componen. Desde la más tradicional de las asociaciones que fomentan su desarrollo hasta el más ignoto pescador, pasando por la gran cantidad de establecimientos comerciales que abastecen el mercado de productos y servicios, todos absolutamente todos inciden y determinan la naturaleza de este hermoso deporte y todos son eslabones fundamentales de la cadena mosquera. Cada uno de estos actores le confiere a nuestro quehacer su impronta particular. En efecto, cada asociación desde su seno, promociona, capacita y prepara anualmente a cientos de pescadores en el marco de una filosofía de protección ambiental y buenas prácticas del deporte. Cada pescador desde su convencimiento personal lleva esa filosofía y esa buena práctica hasta la orilla del río, ayudando a sostener el crecimiento que día a día viene mostrando la pesca deportiva. Cada establecimiento comercial ofrece continuamente una amplia variedad de productos y servicios que facilitan el desarrollo de esa misma filosofía y esa misma buena práctica. En definitiva todos y cada uno contribuyen al desarrollo de nuestra actividad, cumplen un rol decisivo y esencial y determinan las características que a lo largo del tiempo va adquiriendo la misma. Cada uno de esos actores y factores son de capital importancia para la supervivencia y superación de la pesca con mosca. Uno de ellos, sin embargo, teniendo la misma importancia que los demás podría estar llamado en el futuro a desempeñar un papel superador y trascendente para la pesca deportiva en general y la pesca con mosca en particular y a constituirse en un actor preponderante en el escenario del pescador. Me refiero a los guías de pesca. Su rol dentro de la estructura de la pesca es en muchos casos decisivo. Muchos pescadores -experimentados o noveles – necesitan alguna vez de sus servicios. Sus minuciosos conocimientos de los lugares de pesca ofrecen una asistencia invaluable tanto al pescador más excelso como al más novicio. Su destreza y empeño son la mayoría de las veces el condimento decisivo a la hora de poder ufanarse de ese trofeo que recordaremos por mucho tiempo. Su trabajo es en definitiva casi una garantía de éxito. Sin embargo hay otra cualidad que hace al “guía de pesca” y que sobresale por encima de todas las demás constituyendo un valor capaz de asegurar la continuidad de la pesca con mosca a las futuras generaciones; esta es su calidad de “maestro y modelo”. Ninguna otra virtud resultará tan importante y trascendente para la pesca deportiva como el ejemplo que transmita al pescador cuando ambos están en el agua. El guía de pesca es en esencia un formador de pescadores, y hasta podría decirse que el más importante de ellos puesto que actúa en el mismo lugar de la pesca y en el mismo momento de ella. Cuando nos asomamos por primera vez a un río en compañía de un guía de pesca estamos realizando un curso práctico de pesca en una sola jornada, él nos aconseja sobre el “timing” de la línea, sobre la mosca más adecuada para ese preciso instante, sobre la velocidad de recogido, sobre el largo del tippet y sobre un millón de detalles más que tratamos de incorporar con ahínco. Al final de la jornada aun oímos sus palabras, esas que posibilitaron el hermoso ejemplar que fotografiamos en el copo; en el regreso aun seguimos tratando de memorizar sus consejos y observaciones. Si la excursión culmina con buenas capturas y nuestra relación con el maestro fue fructífera y amistosa, enseguida sentenciamos “muy profesional”, “muy buen guía” y de inmediato incorporamos su modelo y consejos a nuestra forma de pescar. Ahora bien, qué significan los términos “profesional y buen guía”. Indudablemente como sucede con casi todas las adjetivaciones valorativas, sólo significan lo que “nuestra visión” o “la visión de cada pescador” le imprimen al sujeto de acuerdo a la experiencia o vivencia emanada de su relación con él. Si establecimos una relación fluida con nuestro anfitrión, si nos hizo pescar “grande y abundante”, si perdonó algunas “gaffes”, si nos regaló alguna de sus mosquitas, si festejó nuestros chistes, si se esforzó en su tarea… entonces el tipo es “muy buen guía”, “muy profesional”. Si por el contrario los resultados fueron escasos y el empeño moderado, si la transmisión de sus secretos y conocimientos fueron retaceados, si la cordialidad y la simpatía estuvieron ausentes esa jornada, decimos que al guía “le falta un poco”. Entonces en qué consiste la profesionalidad o destreza de un “buen guía”? En la calificación subjetiva que le otorgamos al término de una salida según hayan sido los resultados obtenidos? Yo creo que no, la actitud y profesionalidad de cualquier guía de pesca deberían ser cuando menos independientes de cualquier opinión personal de sus guiados y sujetos por qué no, a protocolos más o menos normatizados. Si queremos que el guía de pesca se constituya en un verdadero maestro y educador en el arte de la pesca, si queremos que transmita no solamente la forma más eficiente de atrapar peces sino también aquella más correcta y deportiva; si queremos que los pescadores en general y los mosqueros en particular avancen cada vez más en la dirección del mejor tratamiento posible al medioambiente y al pez, sería menester entonces que la mayor cantidad posible de guías con auténtica vocación se formen en estos valores y se capaciten en transmitirlos; y para ello es necesario el desarrollo de instrumentos y herramientas que lo posibiliten. Gracias a Dios, son cada vez mas frecuentes las direcciones provinciales de pesca o las Asociaciones de Guías que se forman profesionalmente según protocolos establecidos haciendo hincapié en estos valores éticos y deportivos. También guías independientes que han ido incorporando al mismo tiempo que los pescadores una creciente conciencia sobre las buenas prácticas y el cuidado del recurso, exigiendo y transmitiendo esas prácticas y cuidados a sus guiados. Pero también existen guías cuyo profesionalismo deviene únicamente de la práctica temprana o cuyo proceder por razones económicas se ajusta muchas veces al proceder o ética de su cliente o a los requerimientos de su empleador (empresas dedicadas a la pesca deportiva cuyo único propósito es la rentabilidad inmediata). Si cada guía de pesca pudiera formarse profesionalmente en un instituto o centro de alcance nacional, provincial o municipal apto para su capacitación integral, que otorgara luego de un período de adiestramiento los títulos habilitantes correspondientes para ejercer su tarea, contaríamos amen de un profesional cabalmente formado, con un poderoso agente de aplicación del reglamento a la orilla del río y con un extraordinario formador de pescadores deportivos. Control y educación serían por fin algo más que palabras dentro de la actividad y la falta de recursos no sería la excusa siempre esgrimida. Cada “guía profesional de pesca” podría constituirse en un guardapesca en potencia al velar por los intereses del recurso al mismo tiempo que los suyos propios. Hasta sería posible mediante una legislación adecuada conferirle algún poder como denunciante y particular damnificado ante violaciones reglamentarias, daño ecológico o presencia de furtivos. Insisto, el papel que desempeñen los guías de pesca en la actividad deportiva y en la mosquera en particular, resultará en el futuro decisiva para el desarrollo y sustentabilidad de la misma. De su vocación y formación; de la unificación de procedimientos y legislaciones; de su esfuerzo y aplicación dependerá posiblemente que las generaciones venideras tengan la posibilidad de acceder a mejores ríos y mejores peces pescados y devueltos de mejores formas. Para ello, resultará fundamental el diseño de una estrategia a largo plazo por parte de instituciones nacionales provinciales o municipales, que sean concientes que los recursos aportados por el conjunto de la pesca deportiva son definitivamente importantes y sustentables, y que los guías de pesca serán un componente casi excluyente de los mismos. Sabemos que existen hoy día jurisdicciones y cámaras que están intentando recorrer un camino en este sentido, la unificación de criterios y esfuerzos seguramente podría acelerar los tiempos; nuestra actitud como pescadores y clientes de guías de pesca también podría ayudar. Ante todo exijamos la profesionalidad del guía que contratamos por sobre cualquier otra condición, consideremos que es “buen guía” cuando cumpla cabalmente con su función educadora y conservacionista y no solamente cuando “nos haga pescar mucho”; pensemos que es mucho mejor que nos obligue a no tirar las colillas de cigarrillos en el agua o a no dejar basura en el lugar del refrigerio, antes que indicarnos donde se halla “el pez más grande”. Siempre escojamos al profesional por sobre el simpático, al riguroso por sobre el permisivo; un buen guía de pesca no debe necesariamente ser nuestro amigo, debe ser ante todo lo que es, “un guía”. |